Salvar al mensajero

Cinco kilómetros hasta el destino. Pedaleo sin aliento. El último paquete brinca dentro del contenedor con cada bache. Led naranja. La pulsera de la empresa parpadea al son de mi ritmo cardíaco: «excediendo ventana temporal. Excediendo ventana temporal». Hasta las cuatro como mucho, eso dijeron. Son pasadas las cuatro y diez de la madrugada. Tan solo queda el último de los ciento cuarenta paquetes nocturnos. Va dirigido a un domicilio cualquiera del centro de la ciudad, asumiendo que esta ciudad tenga un centro.

Hace ya unos minutos los he visto salir, hoy algo les ha demorado; los brazos infinitos hechos de sombra. Brotan de los respiraderos. Abrazan las cañerías y recorren las fachadas. Doblan las esquinas sin despegarse jamás de los edificios. Culebrean entre los cables de fibra óptica y ondean sobre los dinteles de las ventanas. Se escurren bajo los adoquines buscando pegarse a las ruedas de mi bici. Necesito llegar. Necesito cobrar. ¿Es que nunca podéis dejarme en paz?

Hasta las cuatro como mucho, eso dijeron. Todos los paquetes deben ser depositados en los buzones de destino mientras dure la noche. No es otra exigencia cualquiera de la empresa, sino un deber para con los repartidores: hay cosas que es mejor no entregar de día. El cielo pronto empezará a aclararse y ya estoy fuera de tiempo. Pero, ¿qué más da? Menos de tres kilómetros hasta el destino.

El frío húmedo roza mi mano. Uno de los brazos está estrangulando el manillar como una gélida bufanda. No lo he visto venir. Tira de él con fuerza desde arriba y me caigo del sillín. Siento mi espalda arder mientras mi cuerpo avanza por el suelo de pura inercia. La bici traza un arco en el aire, elevándose por encima de los árboles, y cae nuevamente impactando contra la calzada varios metros más adelante. El contenedor se ha abierto y no veo el paquete por ningún lado. Logro ponerme de rodillas y ansío correr, pero docenas de brazos avanzan hacia mí desde todas las direcciones, bloqueándome la huida como estambres sombríos. Hoy no pinta bien.

Uno de los lisos tentáculos de noche se despega del asfalto, dejando de ser un simple esbozo para adquirir la forma de un miedo tridimensional. Arrastra con fuerza una forma cúbica, apresándola en su propio velo de negrura. Repta con ella hasta mi posición y la libera a mi lado. Ahora veo las siluetas, la del objeto y todas las demás, mucho más definidas: se trata del último paquete.

Lo bueno de no saber lo que contienen las cajas es que nunca llegas a conocer las necesidades inútiles ni las peticiones depravadas de sus destinatarios. Mejor así. Vuelvo la mirada al envoltorio, ahora golpeado y ajado. La etiqueta ya no es legible; tal vez nunca haya sido escrita. Un brillo me ciega al instante, parece manar de más allá de las mismas ondulaciones del cartón. Es la primera vez que entreveo siquiera el contenido de una de las entregas. Despego las solapas de la caja con facilidad y tiento el interior con los dedos. Esto lo cambia todo.

Mientras tanto los brazos se han replegado de nuevo a las chimeneas y a los surcos ocultos de las calles. La gente todavía duerme cuando la primera luz de la mañana, tímida promesa, hace que las sombras azuladas de la ciudad crezcan y bailen.

Quinientos metros hasta el destino. Apago mi pulsera y me dispongo a empezar el nuevo encargo.

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