Clementina

Si eso que tanto me ilumina es tu mirada felina, o el vigoroso sol de agosto sobre esta playa argentina –agua prístina, cristalina–, entonces no dejes de mirarme con tus ojos, orbes de opalina. Olvida que también otros puedan estar observándonos ahora, con curiosidad, tal vez con inquina. Deja que tome tus manos temblorosas de gelatina, que desnude tu piel blanquecina, aroma de mandarina. ¿Y si recorro tus labios de rojez sanguina? Que los granos de esta arena, tan fina como la harina, nos sostengan para siempre cerca de la orilla donde nuestro deseo germina. Cede pues el control a tu cintura de bailarina, te acaricio cada esquina –tu piel de gallina–, mécete con la brisa marina. Estamos atrapados como estamos en el cuerpo ajeno, en un clímax de novela bizantina: somos exhalaciones de timina, guanina, adenina y citosina, de toda existencia la resina, personajes mezclados en la vorágine libertina. Somos adrenalina, qué digo, nitroglicerina, sublimación alcalina. Nos evaporamos en jadeos de alma salina, aire compartido que se arremolina. Y nos recogemos en la calma vespertina, luz de granadina. Divina golosina la que la vida nos destina, Clementina.

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