Mestresso

Detesto el café, aunque eso no afecta a mi desempeño en el departamento de publicidad de Mestresso, la mejor marca de cafeteras domésticas del mundo conocido. Ya sabéis, en estos tiempos que vivimos cualquier defecto puede –y debe– camuflarse con una discreta aunque efectiva mentira. Tampoco me sorprendería que aquí todos odiemos el café, aunque lo necesitemos para vivir. Vivimos sentados en estas sillas pseudo-ergonómicas, bebiendo café mecánicamente, maquillando imágenes promocionales para la nueva campaña mientras nuestras cervicales van pasando a mejor vida. La nueva Mestresso TAN-TRA, un modelo premium: idéntica a la del año pasado, salvo por nuestro logo serigrafiado en el chasis, todavía más grande. Más cara. La marca es importante, la marca nos hace especiales y todo eso. La condenada marca rubricada en cada caja, en cada folio de marketing para millennials, en las guías de estilo gráfico o hasta en las malditas tazas de té. La marca y su desatinado eslogan: «¿Y qué más?».

Parece que un jefe cualquiera está estrenando uno de esos cacharros del averno en su despacho, porque su rumor de plástico engranado acude a mis tímpanos y la amarga pestilencia de un arábica cargadito invade mi espacio aromático personal. Adiós a la concentración. Y a esas imágenes en mi pantalla todavía les falta un abismo de retoque. Mis sentidos, tan atrofiados como son para otros menesteres, empiezan a cavilar acerca de todos los parámetros de dicha sustancia infernal. No lo necesito, no lo tolero, pero ahí están, hablándome sobre acidez, cuerpo, carácter y otros escabrosos detalles. Hasta podría adivinar la forma de la cucharilla con la que estáis removiendo la taza ahora mismo.

Trato de concentrar mi atención en la interfaz del programa de edición fotográfica, pero mis intentos son tan nefastos que me excedo en brillo, contraste y destrozo cualquier atisbo de equilibrio cromático. ¿Qué os parece el humeante y demasiado reluciente chorro de café que mana de la Mestresso TAN-TRA, modelo premium? A mí me causa un tremendo aunque irresistible rechazo, como la pradera verde que sirve de escenario en la foto, demasiado verde para ser una pradera. Las cabezas de mis colegas, que sobresalen sobre los biombos de oficina, se me antojan cápsulas preparadas para infusionar en una gigante cafetera mundial. Lucho por mantenerme despierto, y mis imágenes todavía no me parecen lo bastante brillantes ni saturadas. Me sobreviene un tufillo a moca proveniente de la pantalla, tal vez demasiado tostado, y empujo con mis dedos granos de café ásperos que ruedan y ruedan sobre el teclado, percolando agua hirviendo que vierte mi boca. ¿Qué demonios significa «percolando»? ¿Qué cosas exactamente son «percolables»? ¿O son las personas quienes insisten en «percolar» todo el rato? Ese tipo de aspecto descafeinado, ¿jefe, no-jefe?, se acerca a mi mesa. ¿Cómo llevas eso?, pregunta, señalando a mi absurda pantalla que me recuerda vagamente a un carajillo o algo así. Lo observo y mis párpados se desploman, imagino su cerebro relleno de café molido y cubierto con un calcetín fino para percolarlo.

Pero me duermo y me duermo pero todo está por terminar todavía y lo siento mucho señor pero todo se vuelve marrón y marrón pero ojalá que llueva capuchino en el campo demasiado verde ¿demasiado campo? oh qué sueño denso sin filtro y ahogado de posos mojados qué torrefacción perfecta de la marca. Y respondo desde los dominios de Morfeo:

—Me muero por un café.

1 pensamiento sobre “Mestresso”:

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