El extraordinario Pabellón Universal

Una bandada de aves mecánicas atraviesa planeando la amplia galería de la Exposición; sus picos engranados chirrían una melodía compuesta especialmente para la ceremonia. El clamor de los visitantes asciende hasta la elevada bóveda central del palacio de exposiciones y resbala difuminándose en su silueta acristalada. Hay congregados, por lo menos, cien mil curiosos; todos ellos terminan de disputarse los mejores sitios, aguardando al discurso inaugural de Alberto de Sajonia. Afuera, las explanadas jade de Hyde Park respiran en calma, libres del peso de los transeúntes. Algunos caballos rebufan ansiosos, atados a sus respectivos carruajes.

El príncipe consorte se pone en pie apoyando su esbelto peso en una vara dorada. Los vítores se multiplican y se deja arropar por la marea de lustrosos bombines que se extiende bajo el palco real. La mirada afectada de la reina Victoria, pretendidamente neutra, se clava en su espalda y le atraviesa las costillas alcanzando todos sus nervios. El apoyo de ella a la estrafalaria empresa de su esposo es aún endeble. Hasta hace escasas semanas aún seguía clamando al cielo que el portentoso aunque temerario ingenio de Alberto se templara, y que sus pies regresaran a la tierra. Pero ni había sido así, ni el príncipe había cejado hasta lograr apaciguar en cierta medida las preocupaciones de la regente. Había llegado la hora de hacer público su proyecto y qué mejor ocasión que la Gran Exposición.

«Majestad, Excelencias, Monseñor», empieza, reverenciando a su esposa, a los miembros de todas las Cámaras y al arzobispo de Canterbury. «Damas y caballeros, hoy me dirijo a todos para anunciar con orgullo que 1851 es el Año del Progreso, el momento en que el gran Imperio Británico transforme el futuro en presente. Iniciamos hoy una era de modernidad, poniendo al servicio de Dios, de la Reina y de la Ciencia todo el talento y el tesón de nuestra especie. El alcance de las proezas técnicas que vemos aquí resonará con fuerza en los todos los dominios del Reino, más allá de ultramar y en el globo entero. ¡Inauguramos hoy el más glorioso momento de Gran Bretaña!». Una ovación engrandece aún más el vestíbulo. El príncipe procede a repasar uno a uno los avances tecnológicos más representativos, cuyas estimulantes formas se ensalzan en expositores de vidrio y pilares de mármol a ambos lados del pasillo central. El pueblo queda maravillado ante artefactos del futuro tales como el «Teatrillo de luces y mentiras», la «Clepsidra de muñeca» y la «Pequeña caja de orquesta sin músicos». No menos admirables son las «Gafas a otros mundos» o la «Diligencia de levitación» –cuyo nombre popular de «Autogiro» ha sido acuñado por algunos rotativos–. Además, suspendida en el techo, repta la enigmática «Red de Redes», una maraña inconexa de filamentos de cobre que dicen capaz de enviar mensajes cortos y sin sentido al otro extremo de la nación.

Alberto proclama efusivas alabanzas a los demás arquitectos, mecenas, exploradores, pensadores y alquimistas allí presentes, algunos procedentes de las lejanas colonias en África y Oriente Próximo. Así terminada la introducción, se dispone a desvelar la novedad principal, el colofón de todos sus esfuerzos y la mayor de las inquietudes de la reina. Una cálidas caricias florecen en su interior, la ilusión del triunfo cercano, como una orquídea rozándole el esternón con sus pétalos tentadores. Apura unos segundos más en silencio, paladeando la solemnidad del anuncio que ha de llevar a cabo. «Es un grato honor para Su Excelentísima Majestad y para un servidor revelar la joya de la Exposición. Se trata sin lugar a dudas del más refinado y magnífico avance que la humanidad ha planteado en su Historia», dice teatralmente mientras empieza a descender del palco. «Ruego, si tienen la amabilidad, que nos acompañen al extraordinario Pabellón Universal». La reina le sigue, esforzándose por disimular el titubeo de sus pasos y la creciente incomodidad que rebasa el contorno de su mirada. El pabellón ocupa una galería al final del enorme vestíbulo, su acceso celosamente oculto tras un telón negro con las palabras «Tempus fugit» bordadas en plateado. Ningún asistente alberga idea alguna sobre su contenido o finalidad, a excepción de algunos miembros de la realeza y los propios ingenieros y técnicos responsables de la obra. Victoria y Alberto encabezan la columna hacia la entrada, seguidos por el primer regimiento de la Guardia Real y varias decenas de miles de personas ansiosas de conocimiento. Tras un leve gesto con la vara del príncipe, el telón es replegado mediante un sistema de poleas. Todos cruzan en orden el grandioso arco hacia la incógnita que mora en el Pabellón Universal.


Al principio, todo es un profundo mar cubierto de oscuridad. Comienza con un rumor, constante como la respiración en el vientre de un leviatán. Y se hace la luz. Luego un ensordecedor despertar metálico. Ahora varias esferas gigantescas se descuelgan lentamente de un techo brumoso; permanecen suspendidas sobre un fondo salpicado de astros, agujeros relucientes sobre carbón. El mayor de los orbes brilla con una intensidad tal que parece abrasar las retinas de los visitantes. Otro, más pequeño y con el aspecto del hueso, representa una Luna surcada de sombras. La reina se cubre la cara con las manos, empequeñecida ante la esfera más bonita de todas, su superficie un mosaico cristalino de turquesas, blancos y pardos. La Tierra. Es como un magnífico óleo en movimiento, un Monet trazado en un lienzo colosal. La cuna de la humanidad. Las siluetas de los atónitos espectadores vuelan libres, buceando en el espacio eterno. Ya no existe un arriba, ya no existe un abajo. Navegar a la derecha es lo mismo que virar a la izquierda.

Alberto bucea en la inmensidad como uno más de ellos. Con su silueta iluminada por un astro nómada que atraviesa fulgurante el infinito, alza ambos brazos y grita: «¡Admirad la belleza de la creación y del progreso, seres pensantes del mundo!». Los visitantes, mudos de éxtasis, se dejan seducir por el baile de los cuerpos celestes que giran con elegancia uno alrededor del otro. Buscándose, acercándose, atrapándose y evitándose; abrazándose y negándose. No hay sitio para la magia, tan solo para la ciencia, tan natural y antinatural a la vez.

Todo el tiempo y el espacio está por fin al alcance del pueblo, pero la irrealidad invisible, como una muesca en el reverso de la vida, siempre halla la forma de volverse real. Es así como algunos tienen la oportunidad de intuir unas fauces negras; sus múltiples ruedas dentadas desencajándose, forzando el vaivén de las turbinas y acelerando el giro de los engranajes. Los ejes de este falso cosmos han empezado a quebrarse uno a uno. Las palancas y manivelas dejan de responder y las grúas ya no son capaces de sostener el peso de los planetas. Los puntos de luz se apagan. Es el principio y el final de todas las cosas. El alfa y el omega. La reina Victoria se arrodilla en un cráter sobre el planeta rojo y reza afligida, mientras al fondo la Bestia crece y busca sacarse, digerir toda la belleza del universo para expulsarla al vacío de otra dimensión. El príncipe Alberto contempla, ya desde una lejana nebulosa a miles de años luz, el fin de la mayor ilusión humana.

Afuera, los conductos saturados de vapor y gases ardientes abrazan el palacio de la Exposición con la fuerza de un nudo de serpientes y abomban los muros hasta hacerlos estallar. Las bobinas eléctricas, cuya corriente contínua mantiene prendida la brillante luz del conocimiento, se desbordan de energía negativa. Las salvajes fuerzas de succión de la singularidad barren las vidrieras, esparciendo lanzas de cristal por todo Reino Unido y aspirándolas de vuelta. La moderna arquitectura del edificio no tarda en ceder, su esqueleto retorciéndose hacia adentro. Los milagrosos artilugios de la galería se descomponen en millones de tuercas y válvulas, atraídas hacia el voraz interior del Pabellón Universal. Árboles, bancos, enormes parcelas de suelo se desgajan de los jardines de Hyde Park. Londres se comba sobre sí misma, hasta que el Big Ben cuelga de las nubes como una estalactita gótica y el cauce del Támesis se derrama en un diluvio plateado. Las islas y los continentes se empujan unos contra otros, vertiendo los mares al interior de la tierra. El mundo acaba reducido al tamaño de una pelota de críquet, al de un átomo solitario.

Las personas y los reyes, el talento y los dioses, el progreso y los bombines, lo bello y lo decadente, las ideas cruciales y los fracasos rotundos, los días de chubasco y el sol más brillante. Pronto todo termina desvaneciéndose, digerido por el diminuto aunque hambriento vórtice de ambición en el Pabellón Universal.

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