Cosmic Dancer #1: Luces ingrávidas

Unos coloridos destellos titubean desde el interior de la nave, diluyéndose en la negrura del cosmos como pálidos reflejos de cuásar. Sus longitudes de onda se encuentran, se solapan unas con otras, y el pulso de la nave se acelera. Es un pulso nervioso, latente desde el nacimiento; es un martilleo que despierta, un ruido primitivo, horizontal, que resuena en cada uno de los eternamente lejanos rincones del Hoseverso.

A excepción de los focos estroboscópicos, que rotan en el interior proyectando franjas de luz geométrica al vacío, todos los demás sistemas de la nave siguen y seguirán desconectados, en silencio. El antes reconfortante rumor del equipo de soporte vital es ahora un ausente. La ubicua voz sintetizada del módulo de navegación, enmudecida para siempre. El núcleo de iones secándose de inactividad y los turbopropulsores taponados de polvo espacial. Todos ellos son prescindibles. La nave es como un leviatán muerto que flota sobre la superficie estelar, atraído hacia el campo gravitatorio de Arkavia –un exoplaneta turquesa, cuyos extintos habitantes una vez adoraron al antiguo dios Årk’hivös y terminaron rindiéndose a su mortal pleitesía–.

Pero no está muerto el gigante metálico en realidad, pues su único tripulante se yergue bajo las luces oscilantes del puente de mando –sus paneles a oscuras–. No necesita nada que lo mantenga vivo mientras danza al ritmo de una bachata terrestre. Cosmic Dancer baila con la imperiosa necesidad que tienen los átomos de juntarse y formar la materia, con la necesidad de las galaxias de seguir girando mientras arrastran la vida en espiral, o con la del tiempo, condenado a avanzar siempre en la misma dirección. Sus caderas se balancean imparables, sin remedio, otro ejemplo del rígido orden impuesto por las leyes fundamentales de la Naturaleza. «¡Tírate un paso, papá!», exclama. Su nuevo cuerpo, cosechado recientemente en la Tierra, funciona a la perfección. Ejecuta cada uno de los movimientos con precisión mientras su nave apagada se abre camino, apenas ingrávida, a través del espacio. Antaño, él mismo formaba parte de ese mundo invisible y energético, el backstage de la realidad. Bailando recuerda la etapa anterior a su forma humana, antes incluso de la fluctuación cuántica que lo transmutó en Cosmic Dancer. Por entonces ya vibraba de puro éxtasis junto a otras cuerdas entrelazadas. Eran como una orquesta tocando al unísono la melodía de todo lo que existe.

Continuará…

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