Carbono-14

Veo retazos de un pasado, impresos en antiguos pigmentos sobre las ruinas que me rodean. Vivo en ellas, vivo con ellas, me sugieren párrafos dispersos, historias sobre civilizaciones en auge y sus caídas inexorables. Está anocheciendo y la arena del desierto pesa en mis párpados. Estos antiguos vestigios me evocan paisajes áridos, temblorosos, pináculos de roca testigos de otro tiempo.

Esta vez, mi equipo de arqueólogos y yo hemos avanzado con cautela, perfilando los nuevos hallazgos con escobillas y delicados cinceles. Trabajamos recelosos; tememos que la Historia decida borrarse a sí misma tras una inoportuna grieta que engulla los recuerdos y regurgite nada más que polvo. Me siento orgulloso, pues gracias a nuestro empeño ahora puedo habitar entre las ruinas y no pisándolas, ajeno a su existencia. Desde su silencio pétreo, columnas y techos desplomados, fragmentos de sillas, jarrones, libros, todas ellas me revelan al oído quién soy yo. Qué hago aquí ahora. Las ruinas parecen cambiar de forma durante la noche, modelando verdades nuevas a partir de sombras que me resultan familiares.

A muchas personas les intriga la forma en que estos mundos extinguidos terminaron enterrados tan abajo, invisibles y huecos. Otros se preguntan para qué necesitamos desenterrarlos. A todos les digo que el pasado lo esconde todo bajo más y más capas de arena. El paso del tiempo va elevando poco a poco el suelo hasta que podemos rozar los astros con la yema de los dedos. Es entonces cuando su brillo nos ciega y volvemos de nuevo la vista al suelo. A las raíces de todo. Nos duele, pero siempre aprendemos algo nuevo.

Uno de mis ayudantes exclama desde el otro extremo del yacimiento que ha encontrado algo. Así es como ocurre, sin más. Pero esta vez parece más importante. Dejo atrás lo que antes fue un sofá, ahora una masa de polvo y tela gris deshilachada, y me dirijo apresuradamente a la cámara. Tres de sus cuatro paredes todavía siguen en pie, hundidas en la piedra. Un aliento cálido se filtra por las grietas del antiguo dormitorio. El arqueólogo sigue arrodillado frente a la pieza maestra. Retira algunos escombros con una pequeña pala cuando se vuelve hacia mí, esperando una reacción. Contemplo la ruina del cabezal de una cama que asoma entre la tierra, apenas un marco de madera cuarteada. Unas leves ondas grabadas en el suelo sugieren arrugas de unas sábanas que tantas veces cubrieron dos cuerpos desnudos. Entonces veo su rostro, emergiendo intacto del lecho rocoso.

La reconozco, allí sigue ella, durmiendo apaciblemente en la memoria petrificada. Me acerco y beso su mejilla de mármol, gris y congelada en el tiempo. Su recuerdo persiste fresco y vivo como un fósil, resplandeciente como la obsidiana más oscura. Y me susurra cosas al oído, una fina voz lejana pero aún dulce como la sal que resuena en cada grieta.

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