H2

Una llama furiosa iluminó el interior del cristal. El pequeño bloque grisáceo y quebradizo se consumió con violencia, impactando contra las paredes del vaso, liberándose en un vaho tembloroso de hidrógeno. Como una tormenta en miniatura, provocada, desencadenada ante el vivo entusiasmo de David. El espectáculo bailaba vestido de naranja en sus pupilas. Le pedí que se alejara un poco pero mis precauciones encendieron todavía más su fascinación.

David todavía me necesitaba. Y necesitaba tanto como yo nuestras tardes de experimentos con el «Profesor Pirado». Algunas veces se me ocurría tomar prestado material del laboratorio: unas probetas, un matraz de Erlenmeyer con marcas sus marcas de volumen borradas, un puñado de virutas de hierro, etanol, una gota de mercurio confinada en una pipeta. Caminábamos los dos hasta el rompeolas, contándonos gracietas, haciendo reír a las gaviotas que nos acompañaban por el camino. Pasábamos un rato sentados en uno de los cubos de hormigón y perseguíamos a los cangrejos que la corriente depositaba sobre las rocas, como auténticos surferos. Hasta que David pedía la aparición en escena de mi alter ego, que hacía explotar, arder, oxidar, combinar o diluir algo loco y divertido. David aprendía así, con mis explicaciones y gestos épicos, lo que iba sucediendo en aquella realidad confinada en un crisol. Tan solo a un paso de lo mágico, pero tan real. Al atardecer cenábamos en la pizzería del puerto, la de las calzone colosales.
La pregunta nunca dejaba de flotar en el aire, como las gaviotas sobre nuestras cabezas. Pronto, hijo, pronto. Te lo prometo.

Aquel sábado el Profesor Pirado había traído una anodina barra de sodio que, al principio, no terminó de convencer a David. «¿Pero eso va a hacer fuego, papá?». Le revelé el secreto: un poco de agua hará el resto. Sodio y agua, nada más. «¡Ya verás, campeón!». Así, con la inofensiva curiosidad de un niño ante un misterio desconocido y peligroso, observó embelesado el cada vez más ínfimo pedacito en llamas, convertido ya en una pulida esfera plateada. Seguía dando vueltas como una brújula sin norte sobre la superficie del agua, aún cautivo, un quejido metálico que se sumaba al rumor de las olas golpeando el espigón. Me pregunté un instante si yo mismo estaba menguando y ahogándome del mismo modo. Arriba, en el cielo, el atardecer trazaba las primeras pinceladas de color crema sobre unas nubes encintas de tormenta.

El recuerdo de las tardes con él, sin ella, regresa a mi mente sin avisar; nace de algo sólido y tosco, como un bloque de sodio, y muere agitándose con fuerza dentro de mi cabeza, limando sus aristas. El recuerdo de las tardes con el Profesor Pirado, los cangrejos surferos, las gaviotas y la calzone. Sin Mar. La cara de David cuando imaginó que aquello a lo que llamaban «quimioterapia» haría que su madre estallara en llamas de colores. La alegría incontenible cuando ella regresaba a casa tras una semana durmiendo en la otra cama, blanca y triste. Recuerdos que parecen disolverse entre fuego y humo salado.

Aprendimos juntos la insoportable liberación tras una combustión lenta y asfixiante. Ahora estamos solos. Sodio y agua. Y la hebra de hidrógeno, casi invisible, que asciende vacilante atravesando la tormenta.

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